Artículos

- 18-01-2012 | Ocendi
El sensacionalismo: la vigencia en televisión de un modelo informativo centenario

News-of-the-world

El pasado mes de junio el periodismo británico hacía frente al mayor escándalo que haya afectado a la prensa de ese país: el descubrimiento de los métodos ilícitos a los que recurría el tabloide News of the World para conseguir algunas de sus exclusivas. El caso ha supuesto el cierre del dominical y ha obligado a su propietario y uno de los grandes magnates de la prensa mundial Rupert Murdoch a comparecer ante el parlamento inglés y pedir públicamente perdón.

Pese a la sorpresa que ha generado el caso entre la opinión pública, lo cierto es que, con el mismo objetivo: ganar lectores a través de informaciones llamativas, y empleando métodos también abusivos, el periodismo sensacionalista lleva más de siglo y medio forzando la realidad para poder servir un titular que facilite el consumo de la información.

Aunque el nacimiento del sensacionalismo informativo tiene un origen, históricamente fijado, en la prensa neoyorquina de la década de los años 30 del siglo XIX, su germen es más remoto: el gusto por el consumo de historias, el pasatiempo más antiguo y fuertemente enraizado que está presente en los mitos y leyendas tradicionales, y en el origen de la literatura, el teatro o el cine.

Ese gusto ancestral por las narraciones impactantes se ha visto alimentado por un sistema mediático occidental en el que, junto a una amplia libertad de prensa, protegida constitucionalmente, existe una libertad de empresa, dentro de una estructura económica capitalista. En ese marco, el sensacionalismo aparece como un recurso instrumental para conseguir que determinados productos informativos lleguen a un número máximo de personas y, por tanto, rentabilizar la inversión que se realiza para su sostenimiento.

Entre las circunstancias que han favorecido su expansión, se podrían señalar: la gran competencia a que está sometido el sector de los medios de comunicación, los beneficios económicos que generan determinadas historias periodísticas y la falta de transparencia con la que operan algunos informadores.

El sensacionalismo se haría explícito primero en una forma de selección temática que prima el escándalo, el catastrofismo, la violencia o el sexo como señuelos para atraer al público. Ingredientes que son considerados de alto valor informativo y que se dirigen al impacto emocional del receptor buscando suscitar su curiosidad, antes que contribuir a explicar acontecimientos relevantes y de interés público.

También se evidencia en el lenguaje utilizado para describir la realidad, que, a menudo, la etiqueta como algo inusitado y apasionante, emulando, en buena medida, el lenguaje del marketing y la publicidad: el equipo es “galáctico”, el nuevo matrimonio es la “boda del siglo”, en las bolsas se vive una “tarde de infarto”, y la actriz tiene “la cara más deseada de Hollywood”. Expresiones que no sólo describen sino que promocionan la realidad ante el receptor.

Pero, también, como evidencia el caso News of the World, el sensacionalismo radica en las técnicas de obtención de información que emplean los periodistas. La dificultad de su análisis radica en que los medios no suelen ser transparentes a la hora de reconocer y exhibir sus métodos de trabajo. La labor de acopio de información pertenece a las “bambalinas” del oficio y permanece oculta a la opinión pública que, obviamente, se concentra en consumir el resultado de ese esfuerzo profesional: la información difundida. Sólo los tribunales pueden forzar esa labor de indagación para desvelar cómo se consiguieron determinadas informaciones, e incluso en este caso, el secreto profesional ampara el silencio del periodista respecto a ciertos detalles del andamiaje de su oficio.

El sensacionalismo se constituye, pues, como un modelo informativo con una gran capacidad de adaptación lo que provoca que esté de perenne actualidad en el periodismo. Ha seguido, además, un proceso expansivo si se tiene en cuenta el volumen de mensajes transmitidos bajos sus parámetros y la difusión y el eco que encuentran entre los receptores. Buena parte de los diarios gratuitos, la prensa deportiva y, por supuesto, las noticias más consumidas en internet, a menudo hacen gala de esta manera de informar. Pero si en un medio ha calado este estilo que busca grandes audiencias, es en la televisión.

Si se repasan las parrillas de programación de los distintos canales, los espacios y secciones de corte sensacionalista están fuertemente implantados. En significativa continuidad temática con el sensacionalismo de la primera prensa popular, el sensacionalismo televisivo se decanta por los asuntos que recogía el axioma del periodismo amarillo: “blood, sex and scandal” (sangre, sexo y escándalo), convirtiendo el trío en la fórmula que constituye una parte importante de la oferta televisiva en los programas de gran audiencia.

■ La violencia goza de una presencia dominante en la pantalla tanto en los programas de ficción como en los informativos.

■ La vida privada y los avatares de las celebrities, por nimios que resulten, concitan la atención de la televisión de forma intensiva. Junto a ello, buena parte de la programación se relaciona con la revelación de intimidades, el sentimentalismo, la exhibición de emociones por parte de personas anónimas o el espectáculo de la vida “privada” ante las cámaras.

■ El atractivo físico, el erotismo y el sexo presentes tanto en productos de ficción como de no ficción. A este respecto, es destacable también la prioridad que el medio otorga a la belleza, la juventud y el atractivo en presentadores y actores; casi obligatoriamente jóvenes y vestidos de forma sugerente como gancho visual para la audiencia. Por el contrario, la población que comprende franjas de edad tan populosas como los adultos de edad avanzada, ancianos y niños aparece claramente infrarrepresentada en los contenidos televisivos. Incluso los ancianos han sido rechazados en ocasiones, para formar parte del público de algunos programas, porque se interpreta que también los espectadores forman parte del espectáculo y por tanto deben cumplir las leyes del medio.

■ La polémica sea política, deportiva, sentimental, como “valor-noticia” potenciado y, en ocasiones, forzado artificialmente, buscando las aristas en las relaciones.

■ Los desastres: sean naturales o provocados están muy presentes, favorecidos por la espectacularidad de las imágenes que generan. Incluso, determinados formatos se articulan exclusivamente en torno a la yuxtaposición de imágenes impactantes de accidentes y catástrofes.

■ Las curiosidades, anécdotas y casos raros conforman buena parte de la parrilla de contenidos de cualquier canal y están presentes de forma creciente en los informativos, dentro de las llamadas “noticias blandas” (soft news).

Y, al igual que ocurría en la primera prensa sensacionalista, esa selección temática se completa con una puesta en imagen exagerada e intensa. Si en la prensa sensacionalista se utilizaban como reclamo visual los titulares de grandes tipos, los filetes para resaltar la noticia, las ilustraciones, fotografías (primero en blanco y negro y finalmente en color) y fotomontajes de gran tamaño; en televisión, esos señuelos son sustituidos por una escenificación afectada que se concreta en un estilo de realización que intensifica el efecto del mensaje: composición que pone énfasis en los primeros planos que potencian los aspectos emocionales y dramáticos, planos aberrantes y movimientos de cámara: zooms y barridos que dotan de ritmo y espectacularidad a la emisión, introducción de sintonías potenciadoras de la emotividad, jaleamiento instigado por regidores y presentadores de los espectadores en plató, exposición oral melodramática por parte de los conductores del programa, lanzamiento de cebos que contienen las imágenes y declaraciones más impactantes buscando el efecto de anzuelo sobre los receptores…

En fin, una selección temática y unos recursos expresivos presentes en la programación televisiva que demuestran que el sensacionalismo, como fenómeno de periodismo popular, ha tenido la capacidad de transmitirse, de difundir sus temáticas y estilo en el medio televisivo, incluso en la programación no encasillada dentro de los géneros que le son más propicios, y ha acabado por impregnar la parrilla y contagiar de sus formas de hacer a una gran variedad de programas.